Los restos que no desaparecen II

Fragmento del libro “El Jó en la Piedra”

Probablemente nunca se encuentren los restos óseos del “Jó”. Quizás nunca se conozca toda la verdad de lo que hicieron con él. Lo más seguro es que ninguno de los culpables cumpla la condena que se merece. Y sin embargo todos estos años… y los que vendrán: ¡Bien valen la pena!.

La búsqueda incansable de la verdad y la justicia nos ha permitido encontrar los verdaderos restos del “Jó”. No el polvo en el que todos nos convertimos, sino la semilla que dejamos.

Los restos del “Jó” hoy deambulan por todas partes. Se encuentran en los lugares menos imaginables. Escondidos en la letra “J” de varias convenciones y disposiciones sobre desaparición forzada de personas. Sonrientes en uno de los artículos del Código Penal de Bolivia. Interpeladores en los pasillos de las facultades de derecho y los tribunales donde se estudia el caso del “Jó”. Solidarios en los nuevos casos de desaparición forzada de personas.

Es cierto… la impunidad y el olvido no se han superado. Pero ¿donde estaríamos si mujeres como la mamá hubieran abandonado su lucha? ¿Qué sería si todos nos resignamos frente a la adversidad? ¿Si escogemos el fácil camino de pensar sólo en nosotros mismos?

A lo largo de cuatro décadas he escuchado a muchas personas amigas, -y a otras no tan amigas- aconsejar a la mamá: “¡deja descansar a José Carlos!”, “¡resignación!”, “¡vive tu vida…!” Y siempre la he visto levantarse al día siguiente decidida a emprender una nueva jornada… Pase lo que pase no hay vida sin el “Jó”.

Gracias a la mamá, el “Jó” habita en lugares mágicos. Conversa en los atardeceres soleados de la plazita que lleva su nombre. Camina inquieto por la sede de ASOFAMD. Juega en los recreos con los niños de una Escuelita en el Barrio 23 de diciembre de Santa Cruz. Se esconde en la urdimbre perdida de un tapiz y un retablo que cuentan su historia. Habita en el video “El Valle de las Piedras”. Nos guiña el ojo desde uno de los amates de Solón. Conversa con el Quijote y la Piedra en los recovecos de la Fundación Solón. Provoca a los perros. Les hace zancadillas a los ángeles. Vuela con las palomas. Y juntos planificamos nuestra próxima travesura.

Gracias a la mamá el “Jó” se encuentra entre aquellos que no desaparecerán. Aquellos que quedan grabados en la piedra. En la memoria larga y colectiva de una humanidad que no se resigna a perder su esencia. Mas allá de lo material, de lo perecedero, son restos que no se pueden esconder, ocultar, desbarrancar o lanzar de un avión. Son los restos de un guerrillero y del amor de su madre.

El “Jó” es parte de un mural que el papá no pudo terminar porque le fue a dar encuentro. Ese mural que aún permanece cerrado al público cuenta su vida. Desde que éramos una familia de una mamá y tres hermanos, hasta las flores rojas que fueron su último mensaje. El mural se encuentra inconcluso como su vida. Por que la vida del “Jó” no ha terminado. Aún falta lo mas importante: ¡realizar sus sueños!.

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